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NUEVO CATECISMO

16/7/10

Cuentos de Siempre

El Cristo Nuevo

El Cristo descendió de su cruz y dijo al creyente que oraba de rodillas ante él:

Hijo mió, sois unos imbeciles. Hace diecinueve siglos que predije la paz, y la paz no se ha hecho. Predije el amor, y continúa la guerra entre vosotros; abominé de los bienes terrenos, y os afanáis por amontonar riquezas. Dije que todos sois hermanos, y os tratáis como enemigos. Hay entre vosotros tiranos y hay gentes que se dejan esclavizar. Los primeros son malvados; los segundos, idiotas. Sin la pasividad de estos no existirían los aquellos. Grande es la crueldad de los unos, mayor es la resignación de los otros. ¿Porque sufrir en silencio cuando se tiene la fuerza del numero… del derecho? No fue ese el espíritu de mis predicaciones; vosotros, los republicanos de la religión, la habéis falseado. Yo vi el origen del mal en la autoridad y en su órgano el Estado, y por eso me persiguieron. Desconocí el poder de los Cesares, como atentatorio a la libertad humana, y por eso perecí en la cruz.


Uno de mis más amados discípulos, Ernesto Renán, ha dicho que yo fui anarquista. Si ser anarquista es ser partidario del amor universal, destructor de todo poder, perseguidor de toda ley, declaro que fui anarquista. No quiero que unos hombres gobiernen a otros hombres; quiero que todos seáis iguales. No quiero que trabajen unos y que otros, en la holganza, consuman lo producido, quiero que trabajéis todos. No quiero que haya Estados ni Códigos, ni ejércitos, ni propiedad, ni familia; quiero que todos os tengáis tan grande amor que no necesitéis ni verdugos, ni jueces; que miréis como hijos vuestros a todos los niños y como esposas a todas las mujeres; que seáis una gran familia, sana y laboriosa.


¿Por qué no lo hacéis así, hijos míos? ¿Por qué sois tan malvados que os complacéis en destrozaros? La tierra es grande y fecunda; los campos producen lo necesario para que todos viváis; la mecánica ha llegado a tan maravilloso grado de perfección que aplicando sus descubrimiento y los de la higiene en las fabricas y las minas, el trabajo trocariase de penosa tarea en alegre entretenimiento. Entonces trabajarais todos, como todos hoy teneis gustos en disfrutar de los placeres de un deporte, y en tres horas de ese trabajo alegre y voluntario recibiríais los múltiples menesteres de la vida social, que hoy reciben unos cuantos. No habría entonces ni explotadores ni explotados, no habría señores y vasallos, no habría monarcas y súbditos.

Con la propiedad desaparecería la sed de riqueza, el afán de lucro, la eterna rivalidad entre pueblos, el asesinato lento en el taller insalubre de millones de hombres.

No padecería la mujer, sin la autoridad del esposo, la tiranía que al presente padece. No seria el amor formula hipócrita sancionadora por la

Iglesia o por el Estado: seria pasión espontánea y voluntaria. No seria esclavitud de la mujer al hombre, porque tan libre y dueña de la tierra como aquel seria esta, y para nada tendría que preocuparse del porvenir de los hijos; no cometería tampoco nadie la ligereza de jurar amor eterno, como si el amor dependiese de la voluntad y de el se pudiese responder libremente.

No habría naciones diferentes; los ríos y las montañas no servirían de barrera para que los hombres dejasen de ser hermanos; las fronteras que hoy separan los pueblos, no serian motivo de que os hicierais cruda guerra. Lo que hoy reputáis injusto para unos y justo para otros, seria entonces igualmente dañoso para todos. El asesinato seria un crimen, y lo seria también la guerra; seria condenable la mentira que usáis en los tratos de pueblo a pueblo, tanto como hoy es aplaudida. La moral seria la misma para todos, y no se alteraría su esencia ni su forma con diversidad de razas y países.


No cometeríais la inhumanidad de encerrar al delincuente en una prisión, como si con ello pudierais enmendar la falta que es imputable a vosotros y no a él. Al desgraciado que realizase un acto inmoral le trataríais como a un enfermo, y no agravaríais su mal privándole de la libertad, el don mas preciado entre los hombres. Si desapareciesen las causas del crimen, ¿no desaparecería el crimen? ¿Habría rapiña sin propiedad? ¿Habría celos sin el monopolio de la mujer? ¿Habría rencillas por el poder sin el poder?.


Hijos míos ¿porque sois tan imbeciles? ¿Por qué sois tan tiranos los unos y resignados corderos los otros? Sacudid el yugo los que sufrís la tiranía: destruir la opresión los que vivís esclavizados. Con vosotros, los obreros esta la fuerza; vosotros sois el mayor numero. Si agonizáis en las fábricas es por no tener la entereza de saber vuestro derecho.


Levántate, levántate, hijo mío. No es de los tiempos que corren la oración, no es de esta época de lucha la resignación mística. Me habéis injuriado gravemente; habéis disfrazado mis doctrinas. No legitiméis con mi nombre la explotación. Los que mantienen gobiernos y soldados no son mis discípulos.

>>¡Levántate y lucha!<<


José Martínez Ruiz, Azorin